Cuando Lien-tzu murió, su esposa Zumi, su hijo mayor Ling y
sus dos niños pequeños, quedaron en la más absoluta pobreza. Mientras el hombre
de la casa estaba vivo, había estado trabajando de sol a sol en las
plantaciones de arroz de Cheng.
El grueso de su paga era en arroz y sólo recibía unas pocas
monedas, que apenas alcanzaban para las mínimas necesidades de la familia, a la
cabeza de las cuales estaba el pago de los maestros y los cuadernos de estudio
para Ling y sus hermanos.
El día de su muerte, Lien-tzu salió de su casa como siempre
antes del amanecer. Camino a la plantación escuchó los gritos de auxilio que
daba un anciano, que era arrastrado por las caudalosas aguas del río. Lien-tzu
lo reconoció, era el viejo Cheng, el dueño de la plantación donde él trabajaba.
El nunca había sido un buen nadador, y se necesitaba ser un
gran nadador para siquiera entrar en el río; cuánto más para rescatar al
anciano. Miró a su alrededor, pero nadie transitaba el camino a esa hora... y
correr a buscar ayuda, le llevaría más de media hora... Casi en un impulso,
Lien-tzu tomó aire y se arrojó al río.
Apenas llegó al anciano, la corriente empezó a arrastrarlo también a él
río abajo. Los cuerpos sin vida de ambos aparecieron abrazados en el remanso
del río, algunos kilómetros abajo...
Tal vez porque de alguna manera los hijos del anciano
quisieron hacer responsables a Lien-tzu de la muerte de su padre, quizás porque
el pequeño Ling era demasiado joven para el trabajo, o quizás porque como dijeron,
no había tanto trabajo en los arrozales, pero el caso es que los hijos del
muerto se negaron a concederle a Ling el derecho de conservar el trabajo de su
padre.
El joven Ling insistió.
Primero les dijo que con sus trece años él ya era bastante
grande para el trabajo, después les dijo que ese trabajo lo había heredado de
su padre, después habló sobre su capacidad de trabajo y sobre su habilidad
manual y cuando todo esto no sirvió, Ling les rogó el trabajo argumentando la
necesidad económica de su familia.
Ningún argumento alcanzó y el joven fue invitado a retirarse de la
plantación.
Ling se indignó y empezó a alzar la voz, a reivindicar el
sacrificio de su padre, a hablar de explotación, de derechos, de demandas, de
exigencias...
En medio de un forcejeo, Ling fue sacado a empellones del
lugar y arrojado a la polvorienta calle... Desde entonces la familia comía
cuando podía, apoyada en algunos trabajos temporarios que conseguía Ling, y el
sacrificio de su madre que lavaba y cosía ropas para otros.
Un día, como todos los días, Ling salía de la plantación,
como todos los días había ido a pedir trabajo, como todos los días le habían
dicho que no había nada para él... Salía con la cabeza baja, mirando el piso y
sus gastadas sandalias. Pateaba las piedras que encontraba, consolando su
dolor. De repente pateó algo y sintió un
ruido diferente, buscó con la mirada lo que había pateado... No era una piedra,
era una bolsita de cuero cerrada con un cordel y cubierta de tierra.
El joven la volvió a patear.
No estaba vacía. Hacía un hermoso ruido al rodar por le
piso. Ling siguió pateando la bolsita durante horas y horas, disfrutando del
sonido que hacía... Finalmente la levantó y la abrió. Adentro había un montón
de monedas de plata... ¡muchísimas monedas!... Más de las que él había visto en
su vida... Las contó..Eran quince. Quince hermosas, nuevas y brillantes
monedas. Y eran de él. El las había encontrado tiradas en el piso. El las había pateado durante media hora. El
había abierto la bolsa. No había duda de que eran suyas... Ahora por fin su
madre podría dejar de trabajar, sus hermanos volverían a estudiar y todos
podrían comer los que quisieran... todos los días.
Corrió al pueblo "de compras"... Llegó a la casa cargado de comida, de
juguetes para sus hermanos, acolchados para abrigo y dos hermosos vestidos,
traídos desde la India, para su madre. Su llegada fue una fiesta... todos
tenían hambre y nadie preguntó de dónde había salido la comida, hasta después
de haberla terminado. Después de la cena, Ling repartió los regalos y cuando
los niños, cansados de jugar, se fueron a dormir, Zumi hizo señas a Ling para
que se sentara a su lado.
Ling ya sabía que quería su madre.
-No creerás que lo robé -dijo Ling.
-Nadie te regalaría todo esto por nada... -dijo su madre.
-No, nadie regala -asintió Ling-. Lo compré. Yo lo compré.
-¿Y de dónde sacaste el dinero, Ling?
Y el joven le contó a su madre cómo encontró la bolsa de las
monedas...
-Ling, hijo mío, ese dinero no es tuyo -dijo Zumi.
-¿Cómo que no es mío? -protestó Ling-. Yo lo encontré.
-Hijo, si tú lo encontraste, alguien lo perdió. Y ese que lo
perdió es el verdadero dueño del dinero -sentenció la mujer.
-No -dijo Ling-. El que lo perdió, lo perdió y el que lo
encontró, lo encontró. Yo lo encontré. Y si no tiene dueño, es mío.
-Bien, hijo -siguió la madre-. Si no tiene dueño es tuyo.
Pero si tiene dueño hay que devolver su propiedad.
-No, madre.
-Sí, Ling, recuerda a tu padre y piensa qué te diría
él..Ling bajó la cabeza y asintió a disgusto.
-¿Y qué haré con las monedas que gasté? -preguntó el joven.
-¿Cuántas monedas gastaste?
-Dos.
-Bien, ya veremos cómo podemos pagarlas -dijo Zumi-.
Ahora vete al pueblo y pregúntale a la gente quién perdió
una bolsa de cuero. Empieza por preguntar cerca de donde la encontraste. Otra
vez con la cabeza baja, esta vez saliendo de su casa, Ling se lamentaba de su
destino. Al llegar entró en la plantación y preguntó al encargado si alguien
había extraviado algo.
El encargado no sabía, pero iba a averiguar. Al rato, el
hijo mayor del anciano y actual dueño del arrozal salió a su encuentro.
-¿Tú te llevaste mi bolsa de monedas? -le preguntó en tono
acusador.
-No, señor, la encontré en la calle -contestó Ling.
-¡Dámela, rápido! -le gritó.
El joven sacó de entre sus ropas la bolsa y se la dio. El
hombre vació la bolsa en su mano y empezó a contar... El muchacho se anticipó:
-Encontrará que sólo faltan dos monedas, Señor Cheng.
Yo juntaré el dinero para devolvérselas o trabajaré gratis
hasta compensarlo.
-¡Trece!... ¡Trece! -rugió- ¿Dónde están las monedas que
faltan?
-Ya le dije, Señor -empezó el joven-. Yo no sabía que la
bolsa era suya.
Pero yo le devolveré su dinero...
-¡Ladrón! -lo interrumpió el hombre- ¡ladrón! Yo te enseñaré
a no quedarte con lo que no es tuyo -y salió a la calle gritando-. Yo te
enseñaré... yo te enseñaré.
El joven marchó a su casa. No podría saber si era mayor su
rabia o su desesperación. A su llegada, le contó a Zumi lo sucedido y ésta lo
consoló. Le prometió que ella hablaría con ese hombre para arreglar el
asunto..Sin embargo, al día siguiente un emisario del juez llegó con una
citación para Zumi y para Ling por el robo de diecisiete monedas de una bolsa.
¡Diecisiete!
Ante el juez, el hijo del anciano declaró bajo juramento que
le había desaparecido de su escritorio una bolsa de cuero.
-Fue el mismo día que Ling estuvo a pedir trabajo - declaró
Cheng- ... y al día siguiente, apareció este ladronzuelo diciendo que había
"encontrado" esa bolsa y preguntando "si alguien la había
perdido". ¡Qué descaro!
-Continúe señor Cheng -dijo el juez.
-Por supuesto que le dije que la bolsa era mía y cuando me
la devolvió de inmediato revisé el contenido y confirmé lo que sospechaba:
faltaban monedas. ¡Diecisiete monedas de plata!
El juez escuchó atentamente el relato y luego dirigió su
mirada al muchacho que, avergonzado por la situación, no se animaba a hablar.
-¿Qué tienes para decir, Ling? La acusación que aquí se te
hace es muy seria -preguntó el juez.
-Señor juez, yo no robé nada. Encontré esa bolsa en la
calle. Yo no sabía que el dueño era el señor Cheng. Es cierto que abrí la bolsa y es cierto
también que gasté parte de ellas en comida y juguetes para mis hermanos, pero
fueron sólo dos las monedas y no diecisiete -el joven sollozaba-. ¿Cómo podría
haber tomado diecisiete monedas de la bolsa si no tenía más que quince cuando
la encontré? Yo tomé sólo dos monedas, señor juez, sólo dos.
-Veamos -dijo el juez- ¿Cuántas monedas tenía la bolsa
cuando el joven la devolvió?
-Trece -contestó el demandante.
-Trece -asintió Ling.
-¿Y cuántas monedas tenía la bolsa cuando te faltó?
-preguntó el juez.
-Treinta, Su Señoría -contestó el hombre.
-No. No -interrumpió Ling-. Sólo tenía quince monedas. Lo
juro. Lo juro..-¿Jurarías tú -interrogó al dueño del arrozal- que la bolsa
tenía treinta monedas de plata cuando estaba en tu escritorio?
-Claro, señor juez -confirmó-, ¡lo juro!
Zumi levantó su mano tímidamente y el juez le hizo señas
para que hablara.
-Señor Juez -dijo Zumi-. Mi hijo es un niño aún y reconozco
que ha cometido más de un error en esta situación.
Sin embargo, hay algo que puedo asegurar, Ling no miente. Si
él dice que gastó sólo dos monedas, esto es verdad. Y si dice que la bolsa
tenía sólo quince monedas cuando él la encontró, esa debe ser la verdad.
Quizás, señor, alguien encontró la bolsa antes de que...
-Alto, señora -interrumpió el juez-. Es mi tarea y no la
tuya decidir qué pasó y administrar justicia. Querías hablar y se te permitió,
ahora siéntate y aguarda mi fallo.
-Eso Señoría, el fallo, queremos justicia -dijo el
demandante.
El juez hizo una seña a su ayudante para que hiciera sonar
el gong. Esto quería decir que el juez iba a dar su veredicto.
-Demandante y demandado, pese a que al principio la
situación era confusa, ahora se ha tornado clara - empezó el juez-. No tengo
razón para dudar de la palabra del señor Cheng cuando jura que le faltó una
bolsa con treinta monedas de plata... El hombre sonrió malvadamente mirando a
Ling y a Zumi.
-Sin embargo, el joven Ling asegura haber encontrado una
bolsa con quince monedas -siguió el juez- y tampoco tengo razón para dudar de
su palabra... Un silencio se produjo en la sala, y el juez siguió.
-Por lo tanto, es evidente para este tribunal que la bolsa
encontrada y devuelta, NO ES la que perdió el señor Cheng y por lo tanto, no
corresponde ningún reclamo a la familia de Lien-tzu. No obstante, se dejará
archivado el reclamo del demandante a quien deberá entregársele cualquier bolsa
que sea encontrada y devuelta en los próximos días y cuyo contenido de origen
fuera de treinta monedas de plata..El juez sonrió y se encontró con los ojos
agradecidos de Ling.
-Y en cuanto a esta otra bolsa, jovencito...
-Sí, Señoría -balbuceó el joven-. Me doy cuenta de mi
responsabilidad y estoy dispuesto a pagar mi error.
-¡Cállate!... En cuanto a la bolsa de las quince monedas,
decía, debo admitir que nadie ha reclamado todavía y que dadas las
circunstancias -dijo, mirando de reojo al señor Cheng- creo que es poco
probable que alguien la reclame... Por lo tanto, entiendo que la bolsa podría
ser declarada propiedad de quien la encontrara. ¡Y ya que tú la encontraste...
Es tuya!
-Pero, Señoría... -empezó a decir Cheng.
-Señoría... -intentó empezar Ling.
-Señor juez... -quiso decir Zumi.
-¡Silencio! -ordenó el juez- ¡Cosa juzgada! Fuera todos...
El juez se levantó y salió con rapidez del recinto, mientras
el ayudante volvía a hacer sonar el gong...
Jorge Bucay